04 abril 2008

Recuerdos de La Habana (III)

Julio César llevaba un rato charlando conmigo y aunque seguía manteniendo la calma en las formas, el fondo de sus palabras era cada vez más duro: "Dicen los carteles: un día de bloqueo equivale a 139 ómnibus (autobuses) ¿y cuarenta segundos sin Fidel, a qué equivaldría?".

No había pasado ni una semana desde que Fidel hiciera pública su renuncia en el Granma Digital con nocturnidad y alevosía (esto último es cosa mía, claro está) pero Julio ya había asumido que el poder quedaría, como así fue, en manos de Raúl ("es la misma historia de siempre, aquí no cambia nada"). Está absolutamente resignado: "Esto es peor que una monarquía, peor que un emperador. ¿En qué país se ha visto que el mismo líder lleve más de 40 años?".

Se calla unos segundos. Parece que ha tenido una revelación, que ha venido a su cabeza una frase que resume todo ese odio e indignación: "Todos los cubanos dicen 'ojalá y esto cambie a mejor' pero no hacen nada. Para cambiar hacen falta cojones y a los cubanos se los cortaron hace mucho".

Está deseando irse a Canadá y dejar La Habana. "Sigo con mis canadienses, con mis cosas..." a ver si le llevan para allá, me confiesa. Cuando se entera de que vamos al mercadillo prefiere irse, porque "aquello me vuelve loco". No quiere dinero. Rechaza dos pesos alegando que él tiene mucho más (me enseña la cartera y veo que no lleva más de cinco) y recalca que no hablaba conmigo por dinero, que le sabría mal aceptarlo.

Nos estrechamos la mano y no tarda en perderse entra la multitud de turistas y cubanos que llenan las calles del centro de La Habana. Ha pasado cerca de media hora desde que empezamos a hablar. No estoy seguro, pero creo que ha ido a buscar a las canadienses.

1 comentarios:

dijo...

Hombre, que sorpresa! he entrado por casualidad y veo que este blog continua, no me gusta perder de vista a los viejos conocidos!
Saludos!!!