29 marzo 2008

Recuerdos de La Habana (I)

En La Habana alguien apagó las luces hace 40 años y olvidó que tenía que volver a encenderlas. Supongo que es por eso que al bajar del aeropuerto pulsas el interruptor y ¡zas! todo sigue como entonces.

Los coches son de Cuéntame, las carreteras serían en España secundarias de las secundarias, los carteles, ante la ausencia de publicidad, todo propaganda.

El discurso es casi siempre el mismo: que si el terrorismo, que si el espionaje, que si Estados Unidos, que si el bloqueo... todo el mundo tiene ganas de hablar contigo sólo por el hecho de ser turista. Eso sí, la mayoría quieren dinero, unos pocos, soltarte el discurso de la Revolución, y los menos, sólo conversar.

"Me llamo Francisca Fernández..."

Por delante te pide uno, por detrás te aconseja otro. La señora con gafas que aparece junto a estas líneas se llama Francisca Fernández, lleva tres años en La Habana y llegó a la capital porque sus nietos son locutores de radio. Llegó a decirme el programa en el que participaban y la hora a la que lo emitían. Todo ello en una conversación de dos minutos escasos que empezó ella aconsejándome que no le diera nada a nadie, que en La Habana muchos piden por pedir. Le pregunté "¿qué barrio es éste?" y no me entendió. Creyó que le había preguntado su nombre y fue entonces cuando me regaló su pequeña historia vital.

No es Lenin, es José Martí

La estatua que preside plazas y colegios de La Habana es la de José Martí, no la de Lenin (aunque se parezcan). Una parte de la ciudad sufrió el Katrina, el centro es un hervidero de turistas, las viviendas parecen casas okupa. En La Habana es imposible concentrarse en un detalle. Cuando quieres darte cuenta, los detalles han inundado la calle.

Hasta los perros pasan sed

Ninguno lleva collar, los niños te los venden por la calle, no se acercan a pedirte comida porque están acostumbrados a que nadie les dé. Los perros vagan como almas en pena por la isla y tienen bastante con cuidarse ellos mismos como para preocuparse de pensar en jugar a lánzame la pelota. Los cubanos comen arroz en la calle. Los perros beben agua en los charcos.

"Pensar lo contrario es peligroso"

Me lo dijo un guía: era un acérrimo castrista y, convencidísimo, me aseguró que "pensar lo contrario es peligroso". Por eso los disidentes, que los hay, se esconden entre la gran masa, mienten siempre que sea preciso y se sinceran con los turistas. Incluso en Varadero, cuando yo le recordaba a un compañero un cartel que había leído en el que ponía que "Un día de bloqueo equivale a 139 ómnibus (autobuses)", un camarero me susurró, sin mirarme, "no te creas todo lo que ves".

1 comentarios:

Ana dijo...

me alegro de que hayas vuelto a escribir!!! Vaya manera de celebrar los 23.. qué viajecito... ;) un besazooo!