29 junio 2009

Dicen que es borde... pero no me importa

Dicen que Serrat es borde y, la verdad, me lo creo. Pero no me importa. Puede permitirse ser borde, seguro que ya tiene a su lado a toda la gente que necesita. A toda la gente que quiere. Quien sabe si en sus mismas condiciones otros seríamos igual que él.

Digo que no me importa porque la bordería o no del cantante catalán no es el tema. Lo de hoy, puestos a recuperar el blog en las condiciones (y con los barbechos) que sean, lo suyo es hablar de algo que tenga en la cabeza: y en la cabeza tengo a Serrat.

En los oídos me retumban sus canciones, aun cuando no quiero. No hay día que no escuche algo de Serrat, queriendo o sin querer.

Y no pasan los días sin Serrat porque ha escrito tanto y tan bueno que en todos lados suena el Nano: suena en la radio, suena en la televisión, suena en YouTube...

Tiene canciones para cualquier cosa: para las madres, los padres, los amigos, los amores perdidos, los amores encontrados, los días alegres, los días tristes... tiene canciones para Kubala, tiene poemas de Machado, de Benedetti, de Alberti, de Miguel Hernández. Serrat es un genio lo suficientemente humilde (artísticamente hablando) como para tomar prestadas las obras maestras de otros...



(FOTO: Andvaranaut)

27 junio 2009

Perder la ilusión

Dentro de unos meses, se cumplirá un año de la última entrada. Obviamente, no he escrito nada en el año 2009... y todo tiene una explicación. Una explicación con muchas partes, un todo subdividido en mil razones entre las cuales están la falta de tiempo, la puesta en marcha de otros proyectos, etc.

Pero la fundamental, mal que me pese reconocerlo, es la pérdida absoluta de la ilusión.

De la ilusión por el blog, que no por otras cosas. Es más, diría que de la ilusión por este blog, ni siquiera por los blogs en general.

Me niego a cerrarlo porque la audiencia (jajajaja) no protestaría. Prefiero dejarlo abierto por si acaso vuelvo a recuperar la ilusión que tenía cuando lo abrí, la misma que se veía en mi cara cuando aterricé en Madrid, hace casi siete años, con todo un universo de posibilidades ante mí.

Unos meses después de llegar, engañé a un compañero de viaje (Karim), para que montáramos en el metro y viéramos la estación fantasma de Chamberí. Por aquel entonces no estaba abierta al público, la única forma (legal) de verla era a través de los cristales del vagón, mientras viajabas en la vieja línea 1. Pegabas la cara al cristal y ponías las manos junto a tus mejillas, para impedir que entrara la luz. Hicimos la ida y la vuelta.

Seis años después, esa estación está abierta al público. Yo aún no he ido a verla. A esa falta de ilusión, a esa normalidad absoluta, a esa rutina... a eso me refiero.

(FOTO: Extra medium)

04 octubre 2008

De por qué puede una paloma morir (y no morir) aplastada por un elefante en mi barrio

En mi barrio las palomas danzan libremente como si pagaran impuestos, con una tranquilidad increíble. Yo, que soy un pelín cabronías, me dedico a comprobar si pueden volar (por su bien, claro) y he descubierto que cualquier sucia paloma de mi barrio podría morir aplastada por un elefante, porque no se inmutan ante un lento movimiento, pero que es imposible que el elefante la aplastara jamás, porque el ruido que harían las pisadas del paquidermo las haría volar (fíjense, no les importa ser aplastadas por varias toneladas pero se vuelven asustadizas ante la contaminación acústica... ¡viviendo en Madrid!).

Si esto fuera un país de verdad, sacaríamos a los elefantes a las calles a cada cierto tiempo y experimentos como éste tendrían más sentido.

¡Policías madrileños, policías del mundo, olviden ya sus caballos y móntense en los elefantes! ¿Qué creen que hacía Aníbal cruzando los Alpes en un elefante, si no era asustar a las palomas?

26 julio 2008

Vacaciones de verano

Cuando tenía 9 años, quería tener 23. Evidentemente, ahora añoro mis 9 años. Me pasa también con las estaciones: cuando el calor del verano me agobia echo de menos la Navidad, pero cuando me tengo que levantar a las 6:00 una mañana cualquiera de diciembre, me apetece darme una vuelta por la playa de Benidorm.

Tanto echo de menos mis 9 años que a la mínima en que se me permite, vuelvo a tenerlos. Por eso me engancho a Calvin y Hobbes (aunque Calvin tiene 6 años y no 9), y por eso llevo más de una semana sin poder parar de jugar al Bubble Bobble, Rainbow Islands o Snow Bros.

Eran juegos a los que jugaba con mi hermano (caso del Bubble Bobble o Snow Bros), o que simplemente veía en la pantalla del ordenador mientras él intentaba pasarse las pantallas (Rainbow Islands, New Zealand's Story).

Ahora, a medida que avanzo en los juegos, voy recordando cómo mi hermano se empeñaba en que matáramos a todos los enemigos a la vez para que nos dieran billetes, o cómo se enfadaba cuando repartíamos las pantallas ("Tú mata a todos los de la derecha que yo me encargo de los de la izquierda") y yo no le hacía caso. Me podían las ansias de querer hacerlo todo. Las ansias y el egoísmo, que para algo tenía 9 años, jeje.

Estas sensaciones, que me vienen durante todo el año, aunque algo adormecidas, se agudizan en las vacaciones de verano -aunque ahora mis vacaciones sean dos semanas y a finales de agosto-. Será por eso que cada vez echo de menos la Navidad y más en falta la playa de Benidorm...

15 julio 2008

... Y la carrera se acabó

Después de cinco años y con la entrada número 300 del blog puedo decir que sí, que la carrera se acabó. Que no voy a tener que deambular más por los pasillos de la vieja facultad, que no voy a tener que verle la cara al calvo de la biblioteca, que no voy a tener que urdir más artimañas para aprobar las asignaturas ésas por las que siempre protesto porque "no valen de nada". Se acabó.

Terminé con intriga, con un error subsanado que por poco me manda a septiembre, pero terminé. Llevaba cinco años esperando este momento; bueno, quizás más. Desde que estaba en el instituto quería terminar la carrera. Soy un hombre (¿niño?) con prisas, qué le vamos a hacer.

El verano ha dejado de tener tres meses. Y lo peor de todo es que a lo mejor me da por volver a la Facultad para hacer la locura ésa del Doctorado.

25 mayo 2008

Llegar a viejo

"... todos llevamos un viejo encima"
Así acaba una canción del tan citado (y recitado) Serrat, que retumba desde hace días en mi cabeza. Hacía meses, quizás algún año, que no la escuchaba, pero al mudarme de barrio me atraca de vez en cuando, justo antes de entrar al metro.

A las afueras de la boca de Metro Quintana hay unas mesas y unos bancos en las que los viejos (dicho con todo el cariño del mundo) se juntan a jugar a las cartas. Al más puro estilo adolescente, en bancos para dos se meten cuatro y las novias ven a sus muchachos jugar, como si de un partido de fútbol se tratara, aunque muchas veces no les interese demasiado.

Y siempre me viene la misma pregunta... ¿cómo será eso de llegar a viejo? ¿cómo seré entonces?

Casi prefiero ser un jugador de cartas empedernido. Prefiero eso a estar aparcado sin más, como están los viejos (reitero el cariño) de ahora. Aparcados en la cochera, cuando no en doble fila para que se los lleve la grúa. Sin voz ni voto, por más que lo hayan tenido antes. A las primeras de cambio "el abuelo chochea", "hay que llevarle a una residencia" o "ay qué lástima, qué viejecito está".

Perdemos la memoria, la aparcamos sin más. Nos da igual el recorrido, la trayectoria. Jubilamos antes de tiempo.

Es cierto que también hay viejos laboriosos, de ésos que leen como Cortocircuito y siguen teniendo una prosa que ya la quisieran varios de nuestros famosísimos escritores (nótese la inquina). Algunos a los que ni dios se atreve a aparcar y que, salvo hecatombe, no se dejan ningunear. Pero son los menos.

La mayoría son los viejos entrañables, ésos que se sientan en las plazas con su bastón, los que juegan al tute en una mesa camilla, los que sólo se tienen a ellos y a la persona que hay en la otra mecedora.

Los abuelos que sólo importan cuando dan dinero, los padres a los que ya no se les tiene respeto y de los que sólo se espera la herencia, por más que se echen unas lágrimas, de puro rigor, cuando se les mete en la caja para no verlos más.
"Si el ayer no se olvidase tan aprisa..."

21 mayo 2008

Los años perdidos

Todas las ansias revolucionarias, o continuistas, se han ido quedando en los cinco años de carrera. Aún no la he terminado, apenas tengo experiencia profesional, y ya estoy hastiado. No de la profesión, ni de la información. Estoy cansado de haber desaprovechado los últimos años sin hacer ni aprender nada de provecho. Cansado de la teoría sin fundamento y las clases magistrales. Tan harto estoy que esta entrada, que aún no lo es, nace en los márgenes de la página 9 de un periódico, rodeada de columnistas, con una música de fondo en el encerado que habla de "Las leyes de comunicación: TELEVISIÓN".

No tiene nada que ver con lo de fuera. La facultad está muy bien para hacer amigos o para comer napolitanas en la cafetería. Para aprender... los libros, si acaso, pero, desde luego, no los que hay dentro de las aulas de Ciencias de la Información.

Ahora está sucediendo otra de esas cosas que me revientan de aquí: habla un listillo. Afortunadamente, a los iluminados dejé de escucharlos la primera semana. Si los libros aportan poco, si los profesores enseñan pocas cosas útiles, lo de los listillos no tiene nombre. Preguntan con introducción, como los malos periodistas, como queriendo decir: "Mire cuánto sé".
A lo mejor, por eso está tan herido el periodismo. Por las concesiones a los personajes de actualidad y por los periodistas listillos. Son como el mentos y la coca-cola. Peor aún, como si a diario cenásemos mentos con coca-cola.

Es, en definitiva, un círculo vicioso del que resulta difícil huir: la facultad no sirve, sólo produce (a mansalva) licenciados y de éstos, entre iluminados y prepotentes, casi no queda nada potable socialmente.

La carrea es inútil. Tan inútil que sólo la precariedad de la profesión y la creciente falta de ética latente en los medios dan vida a esta sinrazón quinquenal.