I. Teclas con espíritu de cuchillos -
II. Escombros con forma de valores - III. Cajas y cajas llenas de ira contenida
IV. Cuchillos con forma de ira contenida
15 julio 2008
... Y la carrera se acabó
Después de cinco años y con la entrada número 300 del blog puedo decir que sí, que la carrera se acabó. Que no voy a tener que deambular más por los pasillos de la vieja facultad, que no voy a tener que verle la cara al calvo de la biblioteca, que no voy a tener que urdir más artimañas para aprobar las asignaturas ésas por las que siempre protesto porque "no valen de nada". Se acabó.
Terminé con intriga, con un error subsanado que por poco me manda a septiembre, pero terminé. Llevaba cinco años esperando este momento; bueno, quizás más. Desde que estaba en el instituto quería terminar la carrera. Soy un hombre (¿niño?) con prisas, qué le vamos a hacer.
El verano ha dejado de tener tres meses. Y lo peor de todo es que a lo mejor me da por volver a la Facultad para hacer la locura ésa del Doctorado.
Así acaba una canción del tan citado (y recitado) Serrat, que retumba desde hace días en mi cabeza. Hacía meses, quizás algún año, que no la escuchaba, pero al mudarme de barrio me atraca de vez en cuando, justo antes de entrar al metro.
A las afueras de la boca de Metro Quintana hay unas mesas y unos bancos en las que los viejos (dicho con todo el cariño del mundo) se juntan a jugar a las cartas. Al más puro estilo adolescente, en bancos para dos se meten cuatro y las novias ven a sus muchachos jugar, como si de un partido de fútbol se tratara, aunque muchas veces no les interese demasiado.
Y siempre me viene la misma pregunta... ¿cómo será eso de llegar a viejo? ¿cómo seré entonces?
Casi prefiero ser un jugador de cartas empedernido. Prefiero eso a estar aparcado sin más, como están los viejos (reitero el cariño) de ahora. Aparcados en la cochera, cuando no en doble fila para que se los lleve la grúa. Sin voz ni voto, por más que lo hayan tenido antes. A las primeras de cambio "el abuelo chochea", "hay que llevarle a una residencia" o "ay qué lástima, qué viejecito está".
Perdemos la memoria, la aparcamos sin más. Nos da igual el recorrido, la trayectoria. Jubilamos antes de tiempo.
Es cierto que también hay viejos laboriosos, de ésos que leen como Cortocircuito y siguen teniendo una prosa que ya la quisieran varios de nuestros famosísimos escritores (nótese la inquina). Algunos a los que ni dios se atreve a aparcar y que, salvo hecatombe, no se dejan ningunear. Pero son los menos.
La mayoría son los viejos entrañables, ésos que se sientan en las plazas con su bastón, los que juegan al tute en una mesa camilla, los que sólo se tienen a ellos y a la persona que hay en la otra mecedora.
Los abuelos que sólo importan cuando dan dinero, los padres a los que ya no se les tiene respeto y de los que sólo se espera la herencia, por más que se echen unas lágrimas, de puro rigor, cuando se les mete en la caja para no verlos más.
Todas las ansias revolucionarias, o continuistas, se han ido quedando en los cinco años de carrera. Aún no la he terminado, apenas tengo experiencia profesional, y ya estoy hastiado. No de la profesión, ni de la información. Estoy cansado de haber desaprovechado los últimos años sin hacer ni aprender nada de provecho. Cansado de la teoría sin fundamento y las clases magistrales. Tan harto estoy que esta entrada, que aún no lo es, nace en los márgenes de la página 9 de un periódico, rodeada de columnistas, con una música de fondo en el encerado que habla de "Las leyes de comunicación: TELEVISIÓN".
No tiene nada que ver con lo de fuera. La facultad está muy bien para hacer amigos o para comer napolitanas en la cafetería. Para aprender... los libros, si acaso, pero, desde luego, no los que hay dentro de las aulas de Ciencias de la Información.
Ahora está sucediendo otra de esas cosas que me revientan de aquí: habla un listillo. Afortunadamente, a los iluminados dejé de escucharlos la primera semana. Si los libros aportan poco, si los profesores enseñan pocas cosas útiles, lo de los listillos no tiene nombre. Preguntan con introducción, como los malos periodistas, como queriendo decir: "Mire cuánto sé". A lo mejor, por eso está tan herido el periodismo. Por las concesiones a los personajes de actualidad y por los periodistas listillos. Son como el mentos y la coca-cola. Peor aún, como si a diario cenásemos mentos con coca-cola.
Es, en definitiva, un círculo vicioso del que resulta difícil huir: la facultad no sirve, sólo produce (a mansalva) licenciados y de éstos, entre iluminados y prepotentes, casi no queda nada potable socialmente.
La carrea es inútil. Tan inútil que sólo la precariedad de la profesión y la creciente falta de ética latente en los medios dan vida a esta sinrazón quinquenal.
Que Jiménez Losantos no quiere (ahora) a Rajoy no es ninguna novedad. De hecho, no sorprende el hecho de que Rajoy sea non grato en la COPE. No en vano, hablamos de una emisora que siempre fue muy aguirrista, y, a la primera ocasión en la que han visto que su niña bonita podía hacerse con algo de poder, se han apresurado a echar por tierra a quien antaño fue su punta de lanza en política, Mariano.
Para colmo, Rajoy ha hecho público que lo suyo con Gallardón va viento en popa y, a expensas de lo que pase en el congreso del PP en junio, la COPE se ha quedado sin líder a quien apoyar (salvo que en un ataque de cordura les dé por animar a Rosa Díez) y se le acumula la gente a la que descalificar (ni de la Morena tiene tantos enemigos; y ya es decir).
Dicho todo esto, lo que me apetecía comentar es la foto que he rodeado en rojo. Hay que tener jeta, pero jeta de la buena, para colocar esa foto de Rajoy. Todo político tiene una foto (y digo una por ser generoso) en la que sale mal. Qué digo mal... en la que sale fatal. La tiene Rajoy y la tiene Zapatero. Pero lo grave, para la derechona, es que la foto del sorprendido Rajoy solía verse por las webs de izquierdas, como en la comunidad de El País.
Es como si en el ataque de Rouritis que le dio a El País hace unos meses, se hubiera dedicado a maltratar y vilipendiar a Zapatero. Lo intentaron, pero se les dio muy mal. Tan mal, que volvieron al redil.
Diría que lo de la COPE me sorprende, pero la verdad es que no. La derecha lleva unos cuantos años haciéndose el hara-kiri. Resistían, hasta ahora, los medios afines. Ya ni eso. Lo del PP era una riña familiar, una escaramuza. Ahora es una guerra civil.
"Soy adicta a la radio". Es el fragmento de una conversación de metro que se me ha cruzado entre las páginas de un (aburridillo, para qué engañarnos) libro de José Saramago. "Escucho Radio 5 desde que tenía 14 años" decía la chica repipi que contaba su historia a una mujer mayor.
¡14 años!... yo, que escucho ahora esa emisora (Radio 5 todo noticias, se llama) por cuestiones de trabajo, reconozco que tiene algunas cosas que merecen la pena (Nieves Concostrina, por ejemplo) -y otras dignas de ser quemadas en la hoguera (Juan Pablo Arenas, sin ir más lejos)-, pero el caso no es ése.
La historia está en que yo, que últimamente le estoy dando muchas vueltas a eso de llegar a viejo y/o volver a la infancia, no soy capaz de imaginarme a mí con 14 años escuchando esa emisora, llámenme inmaduro. Con 14 años, de hecho, me cuesta imaginarme sin ir detrás de alguna muchacha o sin estar viendo/jugando un partido de fútbol/baloncesto/tenis.
También debe influir en mi indignación contra esta joven (¿dónde se quedó su infancia-adolescencia?) en el aspecto repipi y trasnochado que tanto detesto de los bohemios. (Me cuesta no juzgar a primera vista y lo siento. Aunque, siendo sinceros, tampoco lo siento mucho).
Y pensar que yo, unos años antes de los 14, me quedaba embobado viendo cómo mi hermano jugaba al ordenador... mientras la gente que va a cambiar el mundo leía libros de Maquiavelo, veía películas en blanco y negro y estudiaba la Constitución...
Adiós al karma. La tercera entrada que dedico al asunto me vale para zanjarlo. No al karma, no a la reciprocidad, no al "haz cosas buenas y cosas buenas pasarán". Seguir creyendo en él sería un auténtico suicidio.
En algo menos de un mes me han engañado unas cuantas veces en la búsqueda de piso, me he dormido lo suficiente como para llegar tarde al trabajo, me he hecho un esguince, se me ha llenado la boca de llagas, una muela del juicio (que lleva saliéndome desde los 14) me ha dado más quehacer que nunca, se me ha inflamado la garganta... vamos, que sólo me ha faltado hacerme socio del Atleti.
¿Cómo voy a creer en el karma? Vamos, no he sido el empleado del mes en "buenas acciones", pero tampoco me he dedicado a degollar niños inocentes durante los últimos 30 días. Adiós al karma, pues. Lo metafísico, para más tarde.
Gonzalo, cuyo segundo apellido es Leiva, no nació en La Habana. Nació en Banes, el pueblo en el que vio la luz Fulgencio Batista, y aún es capaz de recordar los nombres de los padres de éste.
Va vestido con regalos: la camiseta y los calcetines se los regalaron españoles, los pantalones, italianos, y su único par de zapatos se lo compró cuando un español le dio, hace tres años, 20 dólares (sólo los zapatos ya valen 10 dólares).
La única prenda visible cuya procedencia ignoro es esa gorra que lleva para cubrir la calva del sol. Sé que es calvo porque lo vi en su documento de identidad, en una foto en la que aparenta ser 20 años más joven. Quizás lo es, porque según la fecha del carné, está caducado.
Acepta un peso a regañadientes ("ustedes me lo dan, pero yo no se lo pedí") y se queda con un bolígrafo y una camiseta. Lo primero que piensa es en regalárselo a su nieto. Yo le aconsejo que se lo quede él, pero no sé si me hará caso.
Ahora mismo, no hay nadie más feliz que él en toda La Habana.